viernes, 8 de enero de 2016

Umbral & La Vanguardia




En el primer artículo que Umbral publicaba en La Vanguardia escribe/comenta sobre la novela hispanoamericana, sobre el castellano "nuevo, silvestre e independiente" que los escritores del famoso boom utilizaban. No había envidia sólo deslumbramiento ante un lenguaje riquísimo.


América como novela 
FRANCISCO UMBRAL, 1970

En el momento en que España va a América, lo que se hablaba aquí era un castellano de oro. Todo el mundo escribía bien en España. Cualquier documento burocrático de los siglos XVI y XVII da gusto leerlo hoy. Es un modelo de estilo. Ese fue el castellano que llevamos a América, y el que allí se sigue usando de cierto nivel para arriba. Mientras el castellano de España degeneraba, América se quedaba parada, o casi, idiomáticamente, en el Barroco y el Siglo de Oro. Por eso no tiene sentido que, ante el “boom” de la novela hispanoamericana, algunos escritores españoles se pregunten, respondones, si es que ellos nos van a enseñar a escribir a nosotros. 

En principio, estas cuestiones de rivalidad son enojosas, porque el arte no debe ni puede ser competitivo. Pero, además, resulta que sí, que ellos pueden enseñarnos a escribir a nosotros, porque, sobre ese castellano privilegiado que les llevamos y que han conservado (mientras aquí nos lo estropeaban Castelar, Echegaray y otros), tienen la ventaja y la virtud de la naturaleza que les respalda. Quiero decir que cuentan con una realidad nueva que les dicta palabras nuevas. Sobre el barroco culto de España, crece el barroco natural de la tierra y la sangre de América. Así, su barroquismo no se ha quedado en pompier, rococó, pomporé y Churriguera. El castellano de América es hoy mucho más rico que el de España por el mero hecho de que una naturaleza y una historia en expansión fuerzan al idioma a crecerse y dar de sí. 

Hasta hace unos años, la literatura americana nos sonaba a localismo excesivo, a dialecto del castellano, o nos sonaba a arcaísmo, a lengua muerta conservada en los archivos parroquiales de las colonias. Los nuevos escritores de América, con su libertad y su ruptura, han conseguido un castellano mejor, nuevo, silvestre e independiente. Eso les debemos como hispanohablantes. Los poetas de América han tenido siempre esa cosa torrencial de aquella naturaleza, pero los prosistas han tardado en soltarse, por lo que se refiere a esto del idioma. Cuando se han decidido, los más jóvenes, a arrancarse del localismo entrañable o del arcaísmo hispano, han dado con el gran castellano del siglo XX. 

Este castellano ha cuajado en una serie de novelas importantes, cuyos nombres están hoy de moda en España: Vargas Llosa, Cortázar, García Márquez, Rulfo, Fuentes, etcétera. Carpentier, Lezama, Lima, Onetti y Asturias entre los de generaciones anteriores. Estas novelas tienen como primer elemento valioso el lenguaje, ya está dicho. En cuanto a eso que hoy se llama técnica de novelar, no la han tomado de España, sino de la novela norteamericana, que es tan importante. Lo que les salva de ser miméticos, postfaulknerianos, es precisamente el lenguaje. Sus estructuras novelescas son, a veces, anglosajonas, rígidas, pero escriben en un lenguaje mucho más barroco que el inglés, y ese lenguaje se salta las barbas del objetivismo, del monólogo interior, etcétera, y da autoctonía y grandeza a la nueva novela de América. 

Y está, sobre todo, el mensaje, lo que esa literatura transmite. América, llena de conflictos, de aventura y de serpientes pitón, es hoy, quizá, el último continente novelesco de la Tierra, y es natural que esté dando buena novela. La novela europea se adelgaza en intelectualismos y lirismos de una cultura decadente. En Europa ya no pasa nada. América, por el contrario, es la épica misma. En América es ahora cuando está pasando todo. Entender América como novela es comprender por qué se escriben allí tan buenas novelas. Porque América es todavía un área novelesca. El éxito de la novela hispanoamericana en Europa y Estados Unidos ha sido explicado por razones políticas, económicas, culturales, coyunturales, etcétera. Casi todas estas explicaciones son válidas, pero hay además una verdad grande y poderosa. Que cuando el fatigado lector parisiense coge una novela hispanoamericana, vuelve a encontrarse entre las manos y bajo los ojos con una auténtica novela, con un mundo impreso en el que todavía pasan cosas, bullen vidas, suenan tiros y cantan sexos. Ni el experimentalismo ni la autocrítica de la novela culta, ensayística, agotada. Todo ese experimentalismo, tan válido e interesante, se plantea cuando no hay cosas apremiantes que contar. Decía Baroja, y se ha repetido mucho, que la preocupación por el estilo es la primera señal de impotencia. 

Si Europa se ha preocupado tanto por el estilo, de Proust para acá, es porque ya no había nada que contar. De esa preocupación ha salido afinada la novela, mas cuando llegaron aquí las primeras novelas norteamericanas acusamos el impacto. En Estados Unidos pasaban cosas, las novelas venían estallantes de vida —como “Manhattan Transfer”— y sus cambios de fórmula y de técnica los impedía el mismo poder de la narración, no una elucubración abstracta en el vacío, un juego de manos cansadas. Lo que en los años veinte y treinta nos pasó con la novela de Estados Unidos, nos está pasando ahora con la novela sudamericana. 

Claro que esto de la novela se ha maleado mucho y ya nadie escribe en corto y por derecho, pero los jóvenes autores de América, que se las saben todas, no se quedan en el mimetismo de Faulkner y Joyce, sino que cinchan sus libros de historias, de testimonios, de sangre y vida. Aquí está, me parece a mí, el camino para una explicación del éxito de la novela hispanoamericana en España y en el mundo: un lenguaje riquísimo, una técnica al día y un contenido palpitante. 

La herencia de España tenía que dar algún día ese lenguaje. La cercanía de Estados Unidos proporcionó la lección de norma. Y en cuanto a! contenido, el pulso caliente de la América de ahora mismo llena de verdad y fuerza cualquiera de esas novelas. La convergencia de estos factores y de otros ha cuajado esa espléndida realidad que es la literatura americana actual en castellano. El que todo se haya manipulado luego en un sentido o en otro, no tiene mayor importancia. Siempre es necesario encauzar las fuerzas naturales. Las novelas que nos llegan hoy de América son una ayuda muy valiosa para entender América como novela. Novela que se está viviendo y escribiendo ahora mismo, a cada instante, ante los ojos del mundo. Novela de la que todos, además de lectores, somos en alguna medida personajes. 


Fuente: La Vanguardia Española, Domingo 11 de Octubre de 1970

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