jueves, 7 de enero de 2016

Entrevista a Umbral, 2005




Hablan de periodismo, de literatura, de Madrid y de viajes. El pretexto era el libro de memorias periodísticas "Días felices en Argüelles". Umbral hacía tiempo que desdeñaba las novelas de argumento por eso afirma que "Un ser de lejanías" y "Mortal y rosa" son lo más que él pudo hacer con la prosa.



Francisco Umbral: “La gente más tonta prefiere la novela”

DAVID GISTAU, 2005

Visto desde el jardín, con la cristalera iluminada, Francisco Umbral parece estar sentado en el puente de mando de un barco cuya proa siempre se orienta hacia las luces de costa de Madrid. Desde ahí, cada mañana arroja un arpón con el que captura el tema que le sirve para confrontarse con lo exterior a pesar de esas lejanías escogidas, de esa distancia de hombre empeñado en estrujar todo lo vivido como si fuera una toalla mojada para que gotee literatura. He ido a verle varias veces, suficientes como para que el afecto importe ya más que la admiración, como para que se hable ya más de lo personal que del folio. De cada visita he salido con una moderada tajada de Ballantine’s, porque Umbral, mientras merienda flan, obliga a dejar la botella encima de la mesa para que no le falte trago al intruso consentido: “Aquí no se hace como en casa de Aleixandre, que vivía con una hermana solterona que ofrecía una copa de coñac a los jóvenes poetas que iban a verle y luego escondía la botella”. Umbral publica nuevo libro. Una entrega de sus memorias llena de gentes y de viajes en las que ha ensayado una escritura rápida, como de polaroid, hecha de apuntes al natural.

–“Días felices en Argüelles” puede entenderse como otra entrega de ese proyecto que usted llama “memorialista” y que ha convertido en su género favorito. ¿Por qué esa preferencia que parece acarrear un cierto desdén por la novela?

–La novela fue siempre un género menor, popular. De la que lee, la gente más tonta prefiere la novela. Cogen una y se la zampan en tres tardes. Pero les das un libro de ensayo, una cosa de pensar, y ni lo abren. Le tengo cierto recelo a la novela y nunca la he hecho con convicción. Me jode ese sometimiento al argumento, a la intriga, a si se la tira o no, a si la mata o no. Para que me narren una historia, prefiero el cine, porque me lo cuentan en hora y media y habré visto una buena fotografía a una tía estupenda, la actriz. 

–Pero parece que de un escritor siempre se espera que en algún momento se enfrente a un argumento, a una invención.

–Sí, los editores y los críticos conceden mucha importancia al “asunto”. Es lo que quieren. Por eso, cuando estás escribiendo un libro, te preguntan: “¿De qué trata?”. Pues mire usted, es que no trata de nada. Una novela de Azorín no trata de nada. Fíjate en "Mazurca para dos muertos", que es la última gran obra de Camilo y que a mí me parece perfecta como fórmula de novela no galdosiana, que no se somete a un “asunto”, a una intriga.

–Decíamos que Días felices... se encuadra por tanto en el género de memorias. Sin embargo, y a pesar de que usted parece vivir en la actualidad en un cierto recogimiento casi ajeno a la vida social, es menos “yoís-ta” que otros títulos anteriores. 

–Sí, este libro se diferencia de otros en que en lugar de unas memorias mías son unas memorias periodísticas. Es el libro donde más hablo de la gente. No hay más que ver el índice onomástico, la cantidad de gente que sale.Yo me siento enclaustrado por nada. Al revés. En este libro me he vuelto muy hacia fuera y está lleno de anécdotas, de cosas. Aunque suelo tender a cierta profundización literaria, esto decidí hacerlo eso que decían los cursis “a vuelapluma”. Por eso fue escrito a gran velocidad.

–Esa voluntad de salir es tal que incluso en ciertos capítulos aborda la crónica viajera, lo cual no es habitual en su escritura. 

–Hablo de todos mis viajes, de los que no he hablado nunca, y ahora me apetecía. Los capítulos más interesantes y más nuevos son los del extranjero. Siempre quise aprovecharlos en algún libro para el que ya tenía hasta título: "Canción de Europa". Y ahora lo he hecho. 

–Pero a pesar de esas crónicas del extranjero, vuelve también a su fascinación por un Madrid que igual hasta tiene idealizado. 

–Hay un Madrid tomado de la literatura que me fue creado siendo un niño de provincias, porque durante la guerra me llevaron a una zona de paz como era Valladolid. Mis amigos y yo devorábamos las cosas de Madrid y presentíamos que acabaríamos ahí, descubriendo uno mismo un Madrid más entrañable que para mí es el del Rastro. Pero no hay que engañarse: el horizonte del escritor español es Madrid. Si triunfas en Madrid, has triunfado.

–En ese sentido, ¿existe una estirpe de escritores que, llegados desde la provincia, toman por asalto Madrid en busca del triunfo?

–En parte sí. Pero también hay gente como Delibes que decide que se puede triunfar sin moverse del sitio. O Pemán, que vivía en Jerez. Porque también es bueno trabajar tu finquita y profundizar en ella. Es el caso de Delibes, que se ha trabajado toda la vida un espacio. Y es el caso inevitable de Proust, que elige unas cuantas familias de la gran burguesía francesa y se las trabaja durante siete tomos. O sea que le saca todo a un único mundo, a su campo. 

–Así pues, debemos considerar que el afán viajero es un error y un riesgo de disipación en quien aspire a forjarse una escritura. 

–No forzosamente, porque también existe el destino viajero. A mí el escritor viajero no me gusta mucho, porque termina siendo un escritor turístico. Como Hemingway, que va y te cuenta los sanfermines. Pues mire, váyase usted a tomar por culo con los sanfermines. Sé que a ti te gusta viajar. Y eso no tiene por qué estar mal. La estabilidad depende de la hechura de cada cual. Si lo que te apetece es cruzar el Atlántico en una patera, pues hazlo. Pero no lo hagas forzado, no porque creas que hay que hacerlo para poder escribir o para parecer escritor.

–Algunas de las partes más vivas de este libro que ahora publica son las que se refieren a su relación con los periódicos, con los cuales parece habérselo pasado muy bien a pesar de que, desde un punto de vista formal, puede llegar a creerse que la escritura de periódicos tiene algo de calderilla literaria. 

–A mí me gustan mucho los periódicos. Le dan la vida al escritor. Necesitas un periódico detrás para alcanzar la inmediatez, la urgencia de las cosas, la actualidad, las figuras vivas del momento. También es muy bueno en términos vulgares, porque tienes asegurado el eco en tu periódico. Los que no son de ningún periódico no habla ni Dios de ellos. A menos que se mueran.

–Esa observación es dura, sugiere que aquí no se puede prosperar sin estar alineado, sin pertenecer a alguna cuadra, así se tenga talento. 

–Hay tipos muy sociables que están donde están porque toda la vida han cultivado el huertecito de sus amistades. En general, ir de solitario, como retirarse, es peligroso. Te olvidan de inmediato. Por eso nunca he aceptado una corresponsalía. Los que volvían de una, años o meses después, se encontraban con que nadie se acordaba de ellos. 

–O sea, que esto es como en un córner: ganar un sitio y defenderlo a codazos. 

–Lo que te decía antes de la finquita: ocupar un espacio y trabajarlo. 

–¿Cree que el reconocimiento debido a las columnas es de calidad inferior al que viene por la literatura?

–La columna da popularidad. Más difusión y más dinero. El libro da lectores de verdad. Ahora viene por aquí una niña belga que está traduciendo "Un ser de lejanías", y a esta chica no le interesan nada las columnas. Porque, además, le decepcionarían, puesto que la prosa de las columnas, salvo en esas raras ocasiones en que el tema lo permite, no es la de los libros. 

Así pues, y por mencionar la eterna pregunta, no es posible alcanzar la posteridad, “quedar”, por así decirlo, sólo mediante las columnas.

–Bueno, Larra quedó. Y González-Ruano quedó. Pero, ¿qué es quedar? Ortega puede ser el que más ha quedado, y hoy nadie habla de Ortega. La gente de la calle no conoce ni a los que han quedado. 

–¿Le preocupa? ¿Tiene ambición de quedar, sea eso lo que sea?

–Me preocupaba más antes. Ahora menos porque me doy cuenta de lo que acabo de decirte, de que en realidad quedar, lo que es quedar, no queda nadie. César tendría que haber escrito más libros para lograrlo. Como Camilo, que si se hubiera preocupado menos del dinero y más de escribir habría quedado más y habría evitado esa proyección antipática de la última hora. Él, que era divino y tenía una gracia enorme. Sin duda, le quise como a un padre. 

–Al margen de lo que ocurra con su posteridad, lo que resulta obvio es que las columnas sí le han concedido una enorme fama, esa popularidad que, según cuenta en el libro, llevó a decir a Buero que la manifestación del 23-F parecía haberse convocado sólo para que Umbral firmara autógrafos. ¿Cuándo fue consciente de ello, de esa fama?

–Pues por cosas como una vez en Zaragoza que tiraron un Corte Inglés. Estaba firmando libros y hubo una avalancha de mujeres, por desgracia maduritas, que lo tiró todo al suelo. No sé qué querían hacerme, pero era terrible. Pero lo mío con la fama fue gradual, no entré de golpe como otros que dan el golpe con una sola novela y ya está. Yo pasé años en el anonimato, he ido paso a paso, conquistando un reducto detrás de otro. Iba por la calle, me paraba delante de un quiosco, y miraba las revistas. “En ésta escribo... En ésta escribo... Coño, en ésta no. Hay que empezar las gestiones para hacerlo”. Mi ambición era tener todo el quiosco cubierto de cosas mías. 

–Ocupar el espacio, como decía antes. 

–Lo curioso es que Madrid se me resistió mucho. A mí me leían en toda España menos en Madrid. Hasta tenía una columna en “La Vanguardia” que me hizo muy popular en Barcelona cuando en Madrid no me conocía nadie. Tan popular, que un día me llevaron con Carmen Maura, que entonces era una niña muy rica que empezaba, a presentar ¡una tienda de muebles! Jódete. Había armarios y espejos por todas partes. Estábamos estupefactos, los dos. 

–Y ahora, ganados tantos premios, parece que sólo le queda pendiente lo de la dichosa Academia. 

–Nada, me da igual. Ni me lo planteo ni me crea inquietud. Yo, con toda modestia, estoy conforme. "Un ser de lejanías" y "Mortal y rosa" son lo más que yo podía hacer con la prosa. Y está hecho. Claro, que esto se lo dices a la gente y te toman por maricón, porque el puro estilismo les parece una mariconada.

–Aun así, la cuestión de la Academia siempre se ha vinculado a las características más o menos navajeras de la vida literaria. ¿Es tan así?

–Es una chorrada, un tema estúpido. Me aburre. No es una característica de la vida literaria española. El escritor es un individuo asocial que anda suelto por las calles y no hace una vida ordenada. Es muy propicio a estas cosas, a emborracharse, a cabrearse. Sobre todo los recién llegados, que han de hacerse notar. Pero eso pertenece a otra época y es común a todas las literaturas. En la francesa también se da. Rimbaud y Verlaine acabaron a tiros. 

–Sí, pero aquél fue un pleito más bien pasional. 

–Como lo literario, que también es pasión.

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