sábado, 16 de enero de 2016

Columna: Detener el aire




Detener el aire, crispar la democracia
FRANCISCO UMBRAL 
Viernes, 12 de Marzo de 2004

Detener el aire, apear la lejanía, enterrar el tiempo, volar los trenes como imantados por la velocidad. Detener el aire, arruinar el día, parar la democracia a mitad de camino. De eso se trata.

Detener el aire, interrumpir el día, paralizar el campo, cortar las manos hacendosas de la democracia, confundirnos a todos y odiar Madrid.

El terrorismo suele nacer de un libro machihembrado y suele morir en las grandes guerras internacionales de los empresarios y los amables cazadores de elefantes. No tiene otro objetivo que confundir nuestra democracia, amalgamar nuestra civilización, crear focos de odio como Madrid o Londres y montar en mitad de Picadilly o de la Puerta del Sol una tienda de campaña con las huríes lavándose los pies y los labrantines conduciendo los bueyes a bofetadas. Esto de ser demócrata se paga.

Detener el aire, asustar la mañana, detener el cielo, recontar los muertos, detestar, desde una cultura de libro único, la multicultura liberal. Qué acerados estos proyectos, qué sutilmente envasados como armas químicas todos los venenos de la serpiente mineral. Y qué débiles, inseguros, pálidos, los recursos de Madrid, una mañana de marzo, víspera de elecciones, para llevar adelante el magnífico ferrocarril de la democracia. Ese sí que no descarrila nunca, porque las mochilas viajeras no esconden otra cosa que libros de Goethe y de Bacarisse.

Detener el aire, interrumpir la luz, envejecer la edad, crispar la democracia. Eso buscaban en Atocha. 

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