sábado, 9 de enero de 2016

Cuento: Mortal y rosa



Se trata del primer cuento que escribió Umbral en el año 1957 y que no apareció en su libro de cuentos "Teoría de Lola". Umbral/Jonás es un adolescente inseguro, nudo de lujuría y turbación. Lo mejor del relato es el párrafo final. En la noche turbia, el protagonista "liberado de la pasión del hombre, en la humilde eternidad del descampado, iba disponiendo sus estrellas pensativamente".




MORTAL Y ROSA
(1957)


“Esta corporeidad mortal y rosa
donde el amor inventa su infinito”.
PEDRO SALINAS




Ni tampoco él se hubiera atrevido nunca a mirarlas de frente. A nadie se atrevía a mirar de frente.

Oyó una vez que no era noble eso de andar siempre con los ojos bajos y desde entonces sí que nunca más se atrevió a levantarlos del suelo. Por lo menos allí, entre la gente de su barrio, de su arrabal, de su ancho suburbio ferroviario. Porque en el centro, cada domingo, solitario entre la multitud del día de fiesta por las calles de cines y automóviles, abría grandes ojos anémicos de escaparate en escaparate, tijereteado de luces y contraluces, de prisas y bocinas y esquinas y esquinazos.

En las tinieblas del cinematógrafo, la intimidad de las fúlgidas mujeres de la pantalla, un erotismo de cacahuet tostado y vaho dominguero. Por la calle, la femenina ventolera de perfumes y risas y colores.

Plácidas mujeres lujosas tras los ventanales. O momentáneas mujeres entrevistas... Con sus doce, con sus trece años de virilidad adolescente, ensoñaba femenil fauna y flora de formas y caricias; disparataba.

Pero estaban, sobre todo, las mujeres de su barrio, las mujeres de todos los días, aquellas vecinitas y vecindonas de gracia refaldida, carne obrera bien sustentada que él no podía ni quería ni sabía mirar más arriba del escote, confiando así en una búsqueda irracional de cuerpos descabezados, de movientes mujeres sin rostro. Ni a pensar se atrevía en el amor, en las palabras y las miradas de una novia como aquellas que al atardecer, cogidas del brazo de los muchachos, se encaminaban hacia la pasarela ferroviaria a sentir su pasión vagamente viajera. Él todavía no tenía edad para eso. Nunca tendría edad suficiente, porque lo que le pasaba es que era un tímido redomado, un tímido de grandes pies y grandes orejas, de voz insegura y ojos inseguros.

- A Jonás no le van a gustar las mujeres.
- Lo que pasa es que le van a gustar demasiado.

De rodillas prominentes y corazón inseguro. En el atardecer del arrabal, en el verano del arrabal, más allá de la vía del tren, en soledad de acequia y descampado, iba Jonás, emboscado y pecador, nudo de lujuria y sentimiento, de resquemor y llanto y turbación…

Y una vez más caía sobre su cuerpo, desmandaba su cuerpo, fustigaba su cuerpo con el haz de sus sangres, esgrimía locamente su mitad de placer, su convulsa y humillada mitad… Y una vez más se quedaba perplejo, atónito luzbel de pupila carbónica, sombrío niño de impureza.

Semidesnudo, semirredimido, llegaba hasta la acequia, reposaba en el agua. Su quietud, su cansancio, su humillación, su culpa. Con los ojos cerrados, liso en un mundo liso, huidas las formas de la orgía, purificado por el agua estival. O, sencillamente, refrescado.

Liberada de la pasión del hombre, ensanchada la noche, la humilde eternidad del descampado, iba disponiendo sus estrellas pensativamente.


Fuente: Margarita Garbisu: "El otro Mortal y rosa" (2014)

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