viernes, 22 de febrero de 2019

Animales sagrados: Antonio López




Animales sagrados: 
LA VERDAD DE ANTONIO LOPEZ

por FRANCISCO UMBRAL

Vive Antonio López como si hubiera fracasado. En un chalet como bombardeado, en una colonia incógnita como ésa donde pasaban los misterios de Ramón Gómez de la Serna. Anda uno por la casa pisando ladrillos viejos, asomándose a estancias de fracasada carpintería, siguiendo barandales de fábrica o almacén, pintados de un rojo industrial y deliberadamente desagradable.

Antonio, Antoñito, no tiene una casa de artista, ni siquiera de artista pobre, sino de tipo que recoge cartonaje por las noches de Madrid y mira la televisión que no hay desde un sofá agonizante, decolorado, que no pertenece a ningún momento de la estética, a ninguna historia del mueble, sino a la prehistoria de la pobreza. El lobo es muy guapo, se llama Emilio y muerde. El mayor pintor español desde Velázquez quizá guarda la gloria y los millones debajo de este sofá calamitoso en que ahora me siento. Vive Antonio López con una dulce mujer, Mari, y con las estatuas de su hija cuando era pequeña. El hombre que ha impuesto la estética del fin de siglo, huye naturalmente de la estética, en su intimidad, y cultiva lo feo y hasta lo mísero con paciencia y gusto de trapero de la gloria.

-Tu fidelidad a la verdad de las cosas, que llega a ser obsesiva, ¿no tiene un fondo moral?
-Pues naturalmente que lo tiene. Lo moral es ser fiel a uno mismo, ir adonde uno tiene que ir. Yo quiero llegar hasta el final de lo mío y cada día me apasiona más la piel de las cosas, la realidad de los objetos.
-¿Cómo se llama esa fidelidad a la moral?
-Rigor.
-Antonio, ya sabes que conozco tus cuadros de juventud, tan poéticos, tan bien hechos, tan imaginativos. Ahora me parece que eres como más analítico.
-Sí.
-Y entre todo ese jaleo de verdad, moralidad, rigor, análisis y cosas ¿no has perdido el elemento poético?

Ríe con su risa inteligente, campesina y buena.

-Eso está muy bien. Pero me da igual. Yo sigo a lo mío, como te he dicho. Quiero saber qué hay al final. Hago lo que tengo que hacer.
-Aunque hables de valores morales, Antonio, eso que dices no suena más que a subjetividad.
-Claro. Pero todo depende del canon. Si el canon es Zurbarán, el Greco resulta efectista. Si el canon es el Greco, Zurbarán resulta tosco.

Antonio va de zapatillas y pelo al cero. Tiene un hermoso y proporcionado cráneo, que en su armonía explica ya el clasicismo del pintor. Le falta un diente al lado derecho, pero esto sólo se le nota cuando se ríe, y hasta le hace simpático, infantil, chico de pueblo. 

-¿Nunca traicionas el modelo por conseguir un efecto?
-Jamás. Si yo he elegido ese modelo, persona, cosa o paisaje, es porque me gusta. Y si me gusta ¿para qué voy a traicionarlo?
-Tú expones y viajas por el mundo, Antonio. ¿Has visto o descubierto otra pintura, algo que venga detrás de vosotros?
-No. Creo que todo está vigente, que todo vale, pero no hay nada nuevo ni la gente lo pide.
-A veces tus exposiciones llenan un museo completo, como las de Goya y Velázquez. Y acuden cientos o miles de personas. ¿Tú crees que todos te entienden?
-No. Ni falta que hace. Que cada uno se lleve lo que quiera o lo que pueda. Con eso basta. Es bueno que la gente se acerque al arte y no hay que pedirle más.
-Quiero decir que tú, como Velázquez y a veces Goya, ofrecéis un asidero de realidad, de inmediatez, y gran parte del público se agarra ahí y cree que os comprende, que os ha entendido y disfrutado.
-Efectivamente. Se quedan en esa superficie. Pero a mí me basta. El arte es cosa de unos pocos y no se puede pedir más.
-Es una manera de decir que no te entienden.
-Me entienden a su manera, que también es válida.
-¿Tú eres de pueblo o del pueblo?

Ríe como dándome a entender que no entra en ese juego.

-El retrato.
-Hay dos maneras de hacer el retrato. Cuando Velázquez pinta a su rey está pintando a un hombre que ha conocido desde niño, y eso se nota. Cuando retrata a Inocencio X se está enfrentando a un hombre al que quizá sólo ha visto un par de veces, y lejanamente. Han dicho que Inocencio X tiene en ese gran retrato cara de mala leche. Yo creo que sencillamente se está defendiendo. La mirada de Velázquez era muy poderosa, con mucha carga mental, y el Papa no acababa de saber muy bien por qué tenía que soportar a aquel individuo.

Un amigo biólogo trae queso, jamón y vino, todo manchego. Antonio me muestra un botellón de Vega Sicilia que debe valer sesenta mil pesetas y que la marca le regaló porque les hizo una viñeta -unas flores- para ilustrar la etiqueta.

-La he abierto, la botella, pero como yo no bebo, se estropea.

Pasamos a cenar a un cuarto junto a la cocina. La criada es una mujer mayor que parece de la familia. El lobo Emilio quiere compartirlo todo conmigo. No tiene, efectivamente, mirada de perro fiel, sino de lobo que nos observa, nos estudia, nos devora. También pudiera ser un zorrito blanco de ojos verdes, tan guapo que a veces parece un animal de Walt Disney, con perdón de los hermosos y realísimos animales.

-Mira, Paco, yo vine a los trece años a Madrid, a estudiar en Bellas Artes, porque me mandó mi tío. Mi tío sí que era un pintor. Estuve en la calle de la Cruz, que entonces era pobre, pero honrada. Una pensión de buena gente que he vuelto a visitar hace poco. Están los mismos, pero más viejos. Recordamos los tiempos en que yo llegué y les decía que las avenidas de Tomelloso eran más largas que la calle de Alcalá. Se reían mucho, pero a mí realmente me parecían más largas.

"Es bueno que la gente se acerque al arte y no hay que pedirle más"

Cenamos borrajas, tortilla de patata, pescado y de postre uvas y pasteles. Los pasteles se los voy echando a Emilio, que los devora en el aire. Recuerdo cuando conocí a Antoñito en Madrid, siempre con su zurrón y su mirada cándida, que luego se ha cuajado de nobleza madura e inteligencia serena. López es uno de los pocos pintores que sabe hablar sin ponerse confuso, teórico, coñazo, metafísico, pedante o literario. Pero no quiero llevarle a los territorios pantanosos de la memoria, sino trabajar el presente. Sólo le pregunto:

-Siempre me has dicho que el bueno era tu tío. 
-Sí, un hermano de mi padre, soltero y mujeriego. Un gran personaje y un gran pintor. El creía en mí y convenció a mi padre para que me dejase venir a estudiar a Madrid. Murió muy mayor.
-¿Llegó a conocer tu madurez, tu plenitud, tu éxito?
-Ya lo creo.

Antonio López habla de su tío y se le enciende el rostro, la mirada, la sonrisa, la palabra.

-¿Te gusta la fotografía, Antonio?
-Me encanta. Pero la foto reportaje. No puedo soportar al fotógrafo pictórico.
-¿Y el cine?
-Mucho. ¿Te acuerdas del neorrealismo, Paco?
-Me acuerdo, Antonio.
-Mari también pinta, ya lo sabes. Yo le preparo los lienzos. Mari habla con voz dulce, lenta y amable, como rezando sin pesadumbre. Es la perfecta casada de pueblo que pasa la mano por el pelo ralo a su marido. Luego resulta que ella es de Madrid.
-¿Te gusta Nueva York?
-Mucho.
-Foxá dijo que los rascacielos son el gótico de nuestro tiempo.
-Perfecto. Además Nueva York tiene una cosa natural, salvaje. Manhattan ha crecido como un bosque. En París veo una ciudad con voluntad de agradar, de epatar. París está muy bien, pero se nota demasiado que está hecho para gustar. Nueva York tiene esa cosa salvaje que te digo.
-¿Te gusta Almodóvar?
-Muchísimo. Creo que ha inventado algo nuevo en cine. Le conozco poco, pero sus películas me interesan siempre. Hay quien dice que era mejor al principio. Cuando se dice eso de alguien, malo. Es que ha empezado la envidia. Yo creo que es mejor ahora, más profundo y meditado, aparte de que han pasado veinte años y él ya no es el mismo ni vive las mismas cosas.

ÉL come poco y despacio.

-Tomelloso.
-En Tomelloso descubrí la vida. Es esencial para mí.
-Pero ya no pintas Tomelloso. Pintas Madrid.
-Pinto lo que tengo cerca, lo que veo. Cualquier cosa es apasionante si se la estudia. De Madrid me gusta, de lejos, el perfil de ciudad sin nada característico. Es la ciudad en general. Claro que ahora han estropeado esa perspectiva con las torres KIO, que las tengo aquí bien cerca y las odio.
-La Torre de Pisa.
-Debe ser como el siglo XIII. Ya empezaba a inclinarse cuando la estaban haciendo.
-Un vicio de nacimiento.
-No, es que aquel terreno es muy pantanoso. Trataron de enderezarla y la terminaron, pero en seguida volvió a inclinarse. Yo he estado allá arriba. Las campanas pesan y ayudan en el desnivel. Cualquier día se cae, pero es bellísima.
-Venecia.
-Venecia se está hundiendo por la navegación a motor. Los motores mueven mucha agua y eso contribuye a la inseguridad de Venecia.
-Sospecho, Antonio, que sueñas con retirarte a Tomelloso.
-Pues sí. Madrid me cansa. Madrid es una obligación. Aquí están los colegios de los chicos. Pero quizá finalmente nos instalemos en Tomelloso.

Quedará, a pesar de todo, como el gran pintor de Madrid en el siglo XX. Ese cuadro mágico de Embajadores, la Gran Vía, la Avenida de América.

-¿El Madrid de Solana?
-Viéndole la cabeza se comprende que Solana no podía pintar de otra forma.
-Zuloaga.
-Hoy queda amojamado.
-Romero de Torres.
-Tiene alguno de los grandes desnudos de la pintura española.
-Sorolla.
-Hoy es cuando sabemos verle. Es todo luz, todo verdad. El impresionismo y mucho más que el impresionismo.

Antes de irnos, nos damos una pasada por el estudio. Las grandes siluetas de la familia real, grandes paisajes de Madrid, un busto de su mujer repitiendo el que ya le hiciera años atrás. Este artista trabaja en muchas cosas a la vez. Dicen que es lento, pero no para. No se deja atropellar por el comercio ni la demanda ni la moda. También dicen que no habla, y esta noche no ha callado. En sus esculturas la realidad nunca pesa. Son criaturas gráciles, leves, sincerísimas, pero sin la cargazón de realismo académico que suelen tener estas cosas.

-El rey.
-Yo, a pesar de su estatura y su naturaleza deportiva, le noto algo que flojea. Este hombre es sensible, delicado, vulnerable. Algo que no sé lo que es.
-Eso, Antonio, es el borbonismo.

Llueve en esta trasera nocturna de Madrid. Emilio no ladra, pero me muerde el abrigo. Quiere que me quede tirándole bombones al aire. Antonio vuelve a ser misterioso, de pronto, en la despedida. Quizá sea timidez. Tengo la sensación de que no he conseguido sacarle nada. Como algunas flores, como algunos peces, como algunos hombres, siempre vuelve a cerrarse sobre sí mismo. El pastorcillo que vino a Madrid con zurrón de pintor ha conquistado el mundo entero sin cambiarse de zapatillas. "Estos chalés cualquier día nos los tiran para levantar rascacielos y oficinas". Es lo que tiene su casa de provisional. Para entonces se volverá a Tomelloso a la inevitable busca del tiempo perdido. Su tío, su maestro, me parece que se apellidaba López Torres. No sé, no me he atrevido a preguntárselo. Uno nunca aprenderá a hacer bien las entrevistas.

Publicado en LA REVISTA DEL MUNDO, NUMERO 62, Domingo 22 de Diciembre de 1996

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