domingo, 27 de agosto de 2017

10 años sin Umbral





Hoy, diez años después le perdonamos todo (o casi todo) porque todo (o casi todo) lo que escribió vale la pena volver a leerlo para envenarse de nuevo con sus metáforas deslumbrantes, con la prosa poética de los periódicos, los libros golfos y líricos y la memoria obstinada del tiempo.

"...porque la vida es sólo una variante inútil del azul y la nada" 


Juan Cilleros


Entrevista a Umbral, 1979





El País, Martes, 12 de junio de 1979

Una tarde de feria con Umbral

BEL CARRASCO

Este fin de semana la Feria llegó a su máximo esplendor. Unas 100.000 personas la visitaron y, sólo el sábado, se vendieron diez millones de pesetas en libros. El público infantil disfrutó con las marionetas, Juegos literarios y la actuación de Los Trabalenguas, y los mayores tuvieron la ocasión de ver a sus escritores preferidos, que fueron a la Feria a firmar sus últimos libros. Bel Carrasco estuvo con uno de ellos, Paco Umbral, y cuenta lo que pasó.

Después de una semana de letargo la Feria revivió el sábado por la tarde y hasta resultaba difícil circular por allí entre el bullicio de la multitud bastante animada. Los niños se lo pasaban pipa en sus paraísos particulares de la primera planta y los expositores salían de las miserias comerciales que tanto han lamentado este año y gozaban como locos vendiendo un ejemplar tras otro. Además, estaba como aliciente la presencia de una pléyade de autores que iban a firmar sus libros: Torrente Ballester. Martín Gaite, Fernández Santos. Eduardo Mendoza... Los altavoces recitaban de cuando en cuando la larga lista de nombres: ilustres, famosos, desconocidos casi...

Por un fallo técnico, Paco Umbral no constaba en la relación, pero la gente supo en seguida que estaba allí. Sentado en la caseta de Espasa-Calpe, casi oculto detrás de montones de su obra póstuma Los amores diurnos (Kairós). El diario de un escritor burgués (Destino) y Ramón y las vanguardias (Austral)-, no dejó de firmar ni un minuto en las dos horas que duró la sesión con la calma imperturbable que da la larga experiencia, arropado en su chaqueta mientras los demás nos moríamos de calor.
Con esa caligrafía jeroglífica suya -caracteres árabes parecen- diseñaba más que escribía: Con mi recuerdo, cuando era para una señora; Con mi amistad, si se trataba de un varón...

Le leo con avaricia

«Yo creía que así sólo escribían los médicos», comentaba un lector, perplejo ante su dedicatoria. «A ver si me lo escribe claro que el año pasado no entendía nada» le recomendaba una lectora Fiel. «A mí me parece muy bonita mi letra» respondía Umbral a las indirectas. «Además, lo que importa es la calidad estética de la página». Venía gente de todo tipo y condición: jóvenes que le daban un nombre de mujer, a todas luces el de la novia a quien iban a regalar el libro; matrimonios de edad provecta. «Soy el autor de las familias», dice siempre Umbral; algún que otro progre y jovencitas primaverales como la Lutecia-Leticia de “Los amores diurnos”.

Pero las más cariñosas y expresivas eran sus admiradoras típicas de siempre; señoras de mediana edad en climatérica esplendidez, peinado de peluquería y respetable aire pequeño-burgués. Algunas coqueteaban en plan maternal con él, o se interesaban por su salud. «Le leo con avaricia», aseguraba una con fervor. Y otra, preocupada por su ausencia en las páginas de EL PAIS; « ¿Qué le ha pasado, ha estado enfermo? Le echábamos mucho de menos.»

Se acercó un chico con un periódico del día para que le firmara el artículo. "Es que no tengo dinero para comprar un libro», se excusó. Al rato, un joven barbudo le entregó unos cuadernos de poesía para que los leyera. Otro le pidió que firmara en su librería. La abundancia del sexo masculino empezaba a intrigar a Paco: «Estoy mosqueado. Normalmente mi público es femenino. ¿Será que me estoy poniendo…?", meditaba para sí.

Pero la verdad es que no parecía inquietarle mucho el fenómeno. Precisamente la víspera había tenido una buena prueba de que todavía despierta furores femeninos como un Bosé con faringitis. En la librería Antonio Machado sufrió la agresión sexual de una mitómana furibunda que intentó desabrocharle la camisa sin consideración alguna a la extremada sensibilidad de Paco a las corrientes de aire.

«La mujer se empeñaba en que era ella la protagonista de “Los amores diurnos”», contaba flemáticamente María España, la santa esposa de Umbral. «No, hija», tuve que desengañarla, «que yo la conozco y es más joven y, más guapa que tú ».

En paz con las feministas

Entre firma y firma hablamos algo de los dos nuevos libros, de la disciplina nazi que se autoimpone para mantener el ritmo de producción de los supositorios de optalidón, la única droga que practica. «Ahora los he dejado porque llevaba mucho tiempo con ellos y pueden llegar a ser peligrosos. Pero es algo fantástico, creo que es lo que tomaba Superman para volar. Además, es la droga literaria por excelencia. Con ellos hasta Amilibia podría escribir.»

“Diario de un escritor burgués” es, como el título indica, un diario que llevó Umbral el año 1977, íntimo hasta que decidió publicarlo y dejó de serlo. “Los amores diurnos”, un libro porno-poético según la contraportada, es una historia de amor en la que la crudeza henrimilleriana del lenguaje, plagado de pichas y vaginas, está toda impregnada de lirismo v ternura vallisoletana.
«Mi amiga Cristina Alberdi me dijo que el libro no era nada machista y, eso me tranquilizó mucho», comenta con cierta sorna.

Parece que las feministas han firmado la paz con él y hasta se habló de que fuera un día a firmar a la caseta de la Librería de Mujeres, «¿Cuál es tu libro más feminista?», le preguntaba candorosamente una chica de la Librería. « Es para tenerlo allí si vienes.»

Tal vez algún día, ¿por qué no?, Umbral escriba un libro feminista. Al fin y al cabo ya lo ha hecho Manuel Puig con su Pubis angelical. Pero, de momento, «lo que me gustaría es escribir algo sobre la poesía de González Ruano, que es muy poco conocida y está muy bien dentro del estilo de la época».

La sesión fue intensa y tranquila. «Otras veces me han pasado cosas chocantes». recuerda. «En El Corte Inglés un señor quería comprarme la mesa. Decía que le gustaba mucho y me preguntaba qué precio tenía. En otra ocasión se nos cayó el stand con todos los libros encima».

Hacia las nueve Paco Umbral levantó el campo y se fue a comer croquetas fósiles y, a ver a Rosa Montero, que, instalada en la Librería de Mujeres, con manchas de boli hasta las cejas, no daba abasto, para que le firmara una Crónica del desamor.

sábado, 26 de agosto de 2017

Entrevista a Umbral, 1982





Rosa Montero entrevisto en el año 1982 al personaje literario Francisco Umbral, con su aureola de escéptico y su ternura dolorida que tenía como trabajo escribir la escritura, escribir la vida, escribirse a sí mismo. 



El País. Viernes, 8 de octubre de 1982

Francisco Umbral: "El éxito está vacío"

El novelista publica "Las giganteas"

ROSA MONTERO

Francisco Umbral publica esta semana una nueva novela, Las giganteas, que edita Plaza y Janés y que se presentará en Madrid el próximo miércoles. En este nuevo relato, el autor de “Mortal y rosa” y “Los helechos arborescentes”, entre más de cincuenta títulos de narrativa y de ensayo, prosigue en la investigación de un lenguaje cuyas claves explica en esta entrevista, en la que también habla de sus ideas del éxito ("el éxito está vacío") y de la memoria como materia prima principal de sus relatos.

Siempre me ha dado la sensación de que a Umbral le pesa la cabeza, porque se sienta, desmadejado, con un insistente escoramiento occipital, ora a la derecha, ora a la izquierda, como si no tuviera ganas o fuelle para permanecer erguido. Bajo esa cabeza omnipresente, de frente intelectual, carnosa y blanca, una llega a creer que su cuerpo no es más que el artilugio motriz con el que pasea las ideas, y que Umbral es esmirriado y algo tísico, como buen artista maldito que se precie. Nada más falso. Umbral es alto y grande, y, de tender hacia algo, su físico tiende más hacia la abundancia que hacia la desnutrición. El mismo Umbral, sin embargo, se ha pintado tuberculoso y débil en algunos de sus personajes literarios, en los que, como buen escritor, refleja siempre algo de lo que él es o de lo que no es. Quizá prefirió verse así desde muy niño, y luego, cuando fue creciendo y amacizándose de cuerpo, optó por ignorarlo, por seguir sintiéndose artista espiritado; de ahí puede venir su miedo al frío y a las corrientes de aire traicioneras; de ahí toda su parafernalia hipocondríaca, cuidadosamente mimada y recreada. Porque Umbral, para quien su trabajo es "aquello que nadie podrá quitarme"; Umbral, que escribe todos los días ("aunque no tanto como la gente cree, lo que sucede es que yo hago todo muy deprisa, soy en eso como Fraga") porque de no hacerlo se siente afantasmado y sin sustancia; Umbral, que desde pequeño quiso ser quien es y que parece vivir en un deslumbrante tumulto de palabras, desde sus innumerables libros a sus crónicas; Umbral, digo, se ha construido a sí mismo como personaje literario, y ahora, me parece, es el Umbral que él ha ido inventando cada día.

De modo que se envuelve en bufandas en pleno mes de agosto; contesta, en público, las cosas más inesperadas, que son las que todo el mundo espera de él; o consume una cena en la ardua tarea de dilucidar si Sara Montiel viste o no sostenes. Es como si quisiera hacer de sí mismo el protagonista de una novela interminable, un protagonista maliciosamente frívolo. Pero le traiciona lo que en realidad es, y su aureola de escéptico spleeniado se resquebraja con un izquierdismo de rojerío reciente y con una ternura dolorida que de vez en vez se ve. 

"La naturalidad absoluta no existe. Nunca me he sentido más artificial que haciendo desnudismo en Ibiza. La naturalidad no existe y creo que hay que elegirse, sí, que hay que hacerse a uno mismo. Vivir a la pata la llana, como decían nuestras tías, me aburriría mucho; yo prefiero invertirme en esa creación, lo prefiero a vivir ese otro yo, que además no existe. Porque la máscara no engaña: todo el mundo se disfraza del que en realidad es. Somos siempre lo que somos, lo que pasa es que unos lo son de una manera involuntaria e irreflexiva, y los hay, en cambio, que se están eligiendo".

Presencia de “Olvidito”

Pero usted ¿llega en su elección a preparar, por ejemplo, las apariciones en televisión a la búsqueda de un efecto chocante? 

"Ya que concretas en la televisión, diré que yo, que odio la televisión y que no la veo nunca, tengo, sin embargo, una idea clara de lo que es: algo que se consume en familia, mientras el niño llora y el perro ladra. En televisión hay que dar un impacto de imagen y de frase, porque si te enrollas hablando nadie te escucha, hay que ser breve. A lo mejor dices una frase corta, una tontería, y al cabo de los años, los taxistas o las señoras te siguen recordando esa frase. Hay que decir frases de impacto para que se les quede". 

¿Y para qué ese afán de perdurar?: 

"Hombre, no es que yo quiera que se les quede, pero ya que voy a televisión... Procuro no ir, digo que no, pero es un lío porque si no vas vienen a tu casa y es peor". No, no es el ansia de mantenerse en el triunfo: "El éxito está vacío. Dentro de él no hay más que señoras coñazas. El éxito puede ser paralizante: es eso de decirse, y ahora qué hago, cómo sigo, cómo les asombro. Hay que ser sublime sin interrupción, como diría Baudelaire, pero es que a mí me divierte jugar a ser sublime sin interrupción, aunque ya sé que es imposible. Lo que sí te proporciona el éxito es cierta tranquilidad: te evita un resentimiento que de otro modo probablemente tendrías, porque yo veo en amigos exquisitos, que parecen despreciar la popularidad, un mismo deseo, en el fondo, de alcanzarla. Pero de lo demás, de la angustia, de la presión, de la ansiedad que puede dar el éxito, de todo eso yo paso. Paso porque no voy a consentir que nada ni nadie altere mi dirección, mi trabajo". 

Ese trabajo, ese meollo que es "escribir la escritura", o escribir la vida, escribirse a sí mismo. Como su última novela, "Las giganteas", que ahora se publica y que es la historia de una ciudad de provincias contada por un río en la voz de un niño, El Olvidito, que se ahogó en esas aguas que se hielan en invierno. Es una novela escrita en su actual estilo de exuberancia fantástica. Porque a partir de "Los amores diurnos", explica Umbral, descubrió un nuevo modo de escribir: la prosa se le rebeló, se enloqueció, se despegó del realismo, se convirtió en algo libre, en "una escritura total, dentro de mis posibilidades, en la que cabía todo". 

"Los helechos arborescentes" continuaron esta línea, lo mismo que "Las giganteas", "aunque he de reconocer que este libro está más atemperado, más reconducido, que dirían los políticos, lo cual podría ser alarmante; claro que no sé si es cansancio o si es que el libro lo exigía así". 

Las giganteas es una novela del pasado, materia sobre la que Umbral prefiere trabajar "porque el pasado está cerrado, se ha convertido ya en literatura por sí solo, mientras que cada vez estoy más seguro de que el presente está desvalorizado, de que esto va a una marcha de la hostia, de que el presente no existe". Las giganteas es uno más de los libros que guarda en la memoria: 

"Diría que son todos libros necesarios, aunque esto suene pedante, libros necesarios que llevo dentro, que se han formado solos y que tienen que salir". 

Aún le quedan muchos libros necesarios por escribir, aún le queda mucho por inventar de sí mismo, hasta que, algún día, una rúbrica -su propia firma diminuta- aparezca sellando un rincón de su frente carnal de pensador y acabe definitivamente la única novela.

Libro: Los metales nocturnos, 2003



Libro: La belleza convulsa (1985)



Libro: Los cuadernos de Luis Vives (1996)



Entrevista a Umbral, 1986 (3ª Parte)




Revista “Barcarola”. Nº 20. 1986 

Entrevista con Francisco Umbral
L A D R O N   DE   F U E G O  (TERCERA PARTE)

Angel-Antonio Herrera



Rilke instaba a Claire Goll a quedarse ante el objeto mirándolo hasta haberlo devorado. Michaux asegura escribir para que Io que era verdad deje de serlo. Deliberadamente, por trastornar Io inamovible y Io establecido, por inventar. Patrice de Ia Tour du Pin intenta regir el tiempo por aquello que parece rebasarlo. Modos de traición. La Inocencia existe a partir el robo, tras Ia pureza del saqueo, Ladrón de fuego el poeta, que Rimbaud dijera siéndolo. 

No hay manos inocentes. En Ia mano Ia tarde empuña Ia crueldad de otras tardes, de todas Ias tardes, el dolor de Ia sangre con sus tribus y sus horóscopos, con su incendio de viñas y amantes. En Ia mano otra mano toma luz y enarbola Ia espada del príncipe que fue, el círculo de espadas que sombra antaño le rindiera. Guerrero de estío esta tarde tan lisa como el alcohol de Ias plagas, ladrón de fuegos. La mano habla mientras Ia tarde parece detenerse como un ocaso de lupas, como un arquero, como un trofeo para el presente tan tardío que mentimos. Como una mujer.
ENSAYOS

—Larra, Lorca, Byron. Ensayos, por entendernos. ¿Hasta que punto Ia atmósfera Iorquiana ponderó tu prosa en el “Lorca, poeta maldito”? 

R.- Hay afinidades importantes. Yo, como lector, necesito que me sorprendan desde el principio, ya de entrada. y Lorca sorprende desde el primer verso, deslumbra, fascina frente a Ia poesía que parece se Ileva ahora en donde se narra o más bien no se narra y queda ahí algo, bueno,  pero sin sorpresa por ninguna parte. Lorca sorprende constantemente.

Esta podría ser Ia primera afinidad. Luego está el poderoso surrealismo de Lorca, la capacidad metafórica, en Ia que yo sigo creyendo de una  manera absoluta y que me Ileva a leer siempre a los surrealistas. La capacidad metafórica de Lorca, sí, que unas veces es gongorina, otras de  Lope, otras de Quevedo, otras sencillamente surrealista y otras de Ramón Gómez de Ia Serna: su prosa está Ilena de greguerías. En Ia capacidad metafórica —quizás esto no Io digo en el libro y Io habría dicho hoy— es baudelairiano, es decir, Ia síntesis, reunir todo en un verso, empieza en Baudelaire, en Byron no está. Está en Baudelaire y en Lorca y eso es ya Ia modernidad. 

-El libro como ensayo-creación. ¿No crees que este binomino debería sustituir en muchos casos a esas interminables páginas de bibliografía y datos que se tiene por costumbre en libros sobre autores? 

R.- Yo creo que sí. En todo caso es el único ensayo que yo puedo hacer ya que no tengo ganas ni paciencia para hacer otro. Es el ensayo que a mí me fluye con naturalidad. Estamos, curiosamente, en un momento en el que se ha abandonado un ensayo científico. Roland Barthes, incluso, en sus últimos libros abandona el estructuralismo y hace un tipo de ensayo lírico, irónico, si quieres, fuera del rigor estructuralista, que a mí me encanta estudiar pero como el ajedrez, igual. No es que yo me propusiera un tú a tú con Lorca —hubiera resultado ridículo y estúpido— sino estudiarle modestamente, humildemente con mis instrumentos, mediante mis instrumentos que son líricos, estilísticos, intuitivos, no científicos. Que luego resulta que mi yo maníaco que tanto denuncian (sonríe) incluso en El País aparece demasiado, aflorando a Ia par con Lorca, eso ya es inconsciente, no hay consciencia por mi parte en que esto resultase  así. 
LA FABULA DEL FALO

—La Fábula del falo. El falo como icono, como el icono primero de Ia humanidad que ha ido callándole su alevosía. 

R.- Yo he descubierto, claro, a Io largo de una larga carrera amatoria, casi de profesional de esto, en Ia que no me gusta insistir porque queda  muy hortera y muy mal, he descubierto, a medida que Ia mujer se ha ido  liberalizando y esas pijadas, Ia profunda obsesión de Ia mujer por el falo. Obsesión siempre callada, porque Ias mujeres son muy putas y no Io dicen ni lo escriben, una verdadera obsesión, una verdadera obsesión. No cabe duda de que dentro de Ia religión sexual de Ia mujer, de Ia religión del cuerpo del hombre, el falo es un icono para ellas, no hay duda. Una mujer, claro, tiene muchos puntos de referencia en su propio cuerpo. 

Resulta que tiene muchas tetas, mucho culo, unos muslos bonitos, en fin, Io que sea. Por otro lado, el hombre tiene muchos menos puntos de referencio anatómicamente, ¿no?, así, Ilamativos. Puede tenerlos todos para un hombre o una mujer a quien le guste, pero en general, visto desde fuera, objetivamente, el hombre parece un ser asexuado, neutro, que si no recuerdas que tiene un falo y unos testículos y tal, bueno, pues resulta  que es una cosa que Ileva un traje.
Ajena duda Ia tarde estremeciéndose apenas entre Ias penúltimas  hebillas de junio, entre Ias primeras aguas en donde el verano se enclaustra. Ajena a Ia palabra, a los peligros de Ia palabra, a su espesura de mediterránea y sin ley ni fondo, como una mujer desnuda de pendientes, como una mujer con el escándalo de su desnudo, como un cuerpo sin ley bajo un mestizaje de alhajas. 

R.- El falo es un hecho insólito. La mujer va proclamando sexualidad. El cuerpo de Ia mujer es un mensaje sexual constante, una descarga  continua de mensajes sexuales, El cuerpo del hombre no, no tanto, ni  siquiera para Ia mujer. La descarga sexual no es tan fuerte. En compensación a esto ocurre que el falo es tan insólito que, como digo en ese libro, nuestra  civilización a estas alturas no Io ha asumido, no Io ha asimilado. La prueba es que en películas, en revistas, en cosas, todavía no se ven  falos en erección. No se ven, no hay posibilidad. 

En rodilla empieza todo. En Ia tarde se desencadena todo. Desatenta y gótica, no es Ia tarde quien congrega en su sombra Ia esbeltez de Ias muchachas que fuera. Las jóvenes han hecho de Ia tarde un perfume único dc fruta muy lisa, de espaciosa, tristeza, de leve densidad desaforada, 

R.- No se ven falos en erección, no hay posibilidad, ¿por qué? Evidentemente no hay censuras ni cosas así, y Ia cámara, en revistas, sí toma de cualquier modo Ia vagina de Ias señoras. ¿Por qué no aparecen falos en erección? La sociedad todavía no Io ha asimilado, es decir, yo acabo diciendo que el falo es prehistórico, algo no asimilado por Ia historia, por Ia historia de Ia cultura, que sí ha hecho una asimilación falsa: el falo  museal, el falo de museo, de los dioses, de Ias esculturas clásicas. Esto es una asimilación en falso, hipócrita, que es Ia que el arte suele hacer, siempre convencional.

Gravita Ia tarde hasta Ia orfandad del asfalto, Ajena asciende con sus hombres granados por el mediodía o el crimen. Viuda de inviernos y tréboles nos mira vestida con su perfume, con su edad apenas, con su desnudo.

R.- EI falo, Ia erección está bloqueada por Ia cosa artística, como tal instrumento, porque claro, los órganos de Ia mujer son internos. En una señora desnuda, por Io tanto, no ves más que un triángulo de vello. El falo sigue siendo insólito, prehistórico. De ahí viene el carácter icónico del falo qua yo creo que es múltiple para una respuesta, que puede remitir a Ia fecundidad de Príapo, a Ia religión secreta de Ia mujer, a muchas cosas. Múltiple, sí. Ten en cuenta que el falo es el icono secreto de una familia. Toda Ia familia desde Ia abuela hasta Ia niña pequeña, que sabe que el adre tiene ahí una cosa poderosa y que es Ia que ha fabricado todo aquel invento, saben que alrededor del falo, del que jamás se habla, gira todo. Vamos, el carácter icónico del falo es absoluto, anatómicamente, inclusa una configuración icónica. Creo que digo una boutade en el libro: falo es un icono para penetrar a Dios. Es una boutade pero también podría desarrollarse. 

Hacia atrás Ia tarde en rebelión de rutas, en cópula de arenas y días, mecida de sal y lujos, de ocasos y Ilantas. Hembra la tarde y enarenada de Iluvias que no Ilegan, rebelde de anillos, persiguiendo con sus manos marítimas lentas Ia melodía del falo, el canto del hombre, su devota música de bosque. 

—El falo, Paco, estrecha mucho Ia distancia entre el amor y el crimen. 

R.- Si el crimen es por dinero no hay relación, pero si el crimen es sexual o amoroso no hay diferencia. El acto sexual tiene mucho de crimen, de profanación y anulación de Ia otra persona mediante el placer, Ilega a destruir absolutamente. Esa mujer que yo en sociedad he visto muy construida se convierte en un verdadero placer al ser destruida, despiezada por el sexo. Es un modo de destrucción de una personalidad, 
Umbral da su pómulo derecho a Ia hoguera de Ia tarde que entra sin clemencia ni cota. En el pómulo izquierdo, más intimidado de mejilla, brilla, como un juego irreprimible del tiempo, como un vaivén de arpones que Ia piel desdice, una cicatriz que singulariza Ia curva ya singular del rostro, un trazo más hondo que fuera Ia cara misma, Ia herida entera de Ia soledad que se encaró a lucir izquierda y de costado y que ahora, ya solemnizada por mínima, canalla y sobria, es trasluz y cifra en donde Ia pureza decide abrir su capricho de sangre y sus lúcidas anchuras de oro. 

Convalaciente en Ia atención, vencido de triunfos (hay en él el revés romántico de hacer del autor Ia primera heroicidad de Ia obra, como una hechura de romántico que hubiera leído surrealismo, como un libertino leído por libertad surrealista) aguarda entre el rey redimido por Ia insolencia o Ias fiebres y el cónsul burlado por Ias navajas del cabello, en el blanco aldabón de Ia melena. La petulancia se cura petulando. La fealdad, ¿cómo se cura Ia fealdad? 

Despacio, inagotablemente, mientras se curva Ia tarde en su voz, el día se sincera y alarga, se encrespa o tiende: 

R.- La escritura fálica es frecuente. Henry Miller, Hemingway, eso que ahora llaman machistas, con palabra horrible, escritores fálicos, que escriben desde el falo, en hombre, en macho, y en macho que está penetrando y violando todo: Ia naturaleza, el relato, los personajes, Ia escritura, todo. Es un fenómeno frecuente en algunos escritores, y no digamos en aquellos Ilamados fascistas, como el caso de Malaparte, y en alguna medida en el caso de Valle-lnclán. Valle no es fascista en absoluto, claro, no haya equívoco, no voy a Ilamar fascista a Don Ramón, pero entre los hombres del 98, el más fálico es él. El que de verdad, por entendernos, escribe con los huevos encima de Ia mesa. 

Valle Inclán no es fascista, no hay equívoco. Cuando Umbral habla de sus escritores puede verse esa acentuación íntima que los hace queridos y clásicos. No haya equívoco. Bien sé yo que además de Ia obra, de Ias obras, cita Ia vida, Ia catástrofe, Ia biografía. Suscribe frases, versos, anécdotas al tiempo, secretamente, empuja Ia identificación, el conocimiento, Ia complicidad. 

Negro el tacón, como Ias botas, de puntera inteligente y seria, un poco estrecha, desde donde se yergue, sorprendente, su estatura de juez o enemigo.

Como dos maneras de asistir al mundo, como dos pistolas que subir frontales ante Ias cejas, como dos maneras de ausentarse, Umbral alterna sus dos gafas, que son dos formas de leer y vivir, de escuchar y esconderse. El cuerpo ha crecido demasiado para los hombros de Ia chaqueta, el alma ha ensanchado en exceso el cuerpo para Ia blanca chaqueta, que le queda pequeña, corta más bien, bastante corta. Abierta sobre el pecho, caída del revés, metidos los brazos en Ias mangas, traiciona Ia extensión de Ia espalda tasando Ia longitud del hombro. Túnica corta, capa con mangas, blanca y sin forro, Ia utiliza rebajada en abrigo de estío, con algo de manta ligerísima para hablar despacio: 

«Esto son problemas míos, puramente neuro-vegetativos. En esta jornada de calor, seguramente tengo espalda sudorosa. AI Ilevar esto así bloqueo el sudor y como con frecuencia me produce muchas faringitis, logro prevenirme». 

Túnica corta, capa de blancura y viaje con hurto de manga, Ia utiliza para extinguir el fuego florecido en el cuello, para ahuyentar el búho de las amígdalas, de Ia noche y sus filos, de Ia infancia y los duros comienzos, con su filo y su vuelo adverso. 

R.- La fealdad se cura con los años. Los franceses dicen una cosa maravillosa: el hombre joven es bello, el hombre maduro es grande. Con los años, entonces, el hombre maduro, si no es un gilipollas, en su medida, en su forma, se torna grande. 

—Dos infinitivos, Umbral: producir y exhibirse. Tú Io has tenido siempre muy claro. 

R.- Yo creo mucho en el escritor espectáculo. Eso Io explica muy bien, como sabes, Sartre en su Baudelaire, que ese sí que es bueno, aunque a mí ya no me parece tan bueno, porque le pega una bronca a Baudelaire y que Sartre reprenda a Baudelaire es ridículo, pero en fin, el libro es interesante y para su momento está muy bien. Lo que cuenta Sartre: el escritor ha sido durante siglos el protegido del príncipe. AI desaparecer el príncipe, el escritor se convierte en el príncipe y posa de príncipe. Pero claro, es también el bufón ante los príncipes que quedan en Ia tierra: Ia aristocracia, el dinero, Io que sea. El escritor es, pues, espectáculo. Ofrecer al mundo un libro de versos, una novela, un cuadro, es ofrecerse uno mismo. El escritor espectáculo, que Io es Lorca, en España, y así le fue, Valle, tantos en Francia, Byron y Wilde en Inglaterra, no es más que Ia situación límite del escritor. No hay que darle vueltas. Lo único que podemos ofrecer somos nosotros mismos. La objetividad es un cachondeo, no hay objetividad que valga: el escritor ofrece su propia vida. 

Drago Ia tarde con su amnistía de plata y trayectos. La tarde era indignación de rumbos y desatadas sombras, rabia de rastros con un sol de aviones y retraso. 

Había que envenenar, hay que envenenar. Había que ofrendar al mundo su despoblada ternura, había que tapiar Ia noche con el fuego que somos, con el robo que nos asiste y redime. Yo hubiera querido para Umbral el texto ardido que urge bajo el amor y los caballos, algo ardiente y doloroso, fatal y bello. 

La entrevista, inútil con Ia tarde, se va hasta Ia memoria, hasta Ia ceniza, y en ella participa en los vínculos que Ia alejan, de Ia música, del fuego del presente.