miércoles, 27 de enero de 2016

Poema: La tristeza ha venido




La tristeza ha venido
FRANCISCO UMBRAL, 2000 

La tristeza ha venido como un buque vacío, 
la tristeza ha encallado en mi pecho de piedra. 
Me trae en sus bodegas toda una vida vieja, 
quintales de nostalgia 
y el whisky que he bebido. 

La tristeza ha venido con faros apagados. 
No sé de dónde viene ni por qué me visita,
yo mismo soy un puerto donde para la noche,
el mar, como noviembre, va ya de retirada. 
Somos un puerto unánime, 
puerto de tierra adentro, 
donde llegan los meses 
como veleros lánguidos. 

La tristeza ha venido 
y me golpea despacio 
como el agua golpea 
en los acantilados. 
Soy un acantilado 
de muertos sucesivos 
y estoy aquí parado, 
bajo una lluvia fina,
junto al silencio frío 
del buque de la pena. 

¿Cuánto dura noviembre, cuánto dura una vida, 
cuánto durará un hombre que tiene ya en el pecho 
ese peso dormido de los buques sin gente, 
de los mares sin luna, de los mortuorios días?

Poema: Este apagado viernes


Este apagado viernes
FRANCISCO UMBRAL, 1981

Hay días en nuestra vida que vienen de la muerte,
hay días de nuestra muerte que vivimos en vida: son estos
días inciertos, color de cementerio, por cuyo cielo
pasan féretros y coronas. He divagado triste, he subido
escaleras hasta caer en la cuenta de lo que está 
pasando: no hay que vivir el viernes, este apagado
viernes, porque es un falso viernes hecho de 
camposantos. Y entonces, retrepado, cómodo como un
muerto, me pongo a ver despacio, con mi cara de
nicho, las nubes que transcurren por un cielo cadáver.

martes, 26 de enero de 2016

Poema: Marzo




Marzo es una capilla que entroniza lo azul.
Ángeles demediados nos han dejado un rastro.
Rastro de flores blancas, restos de una batalla.
Marzo ya anuncia algo,
una mujer o el tiempo,
salgo por los jardines
pisando caras, guantes,
el rostro del invierno que se borra en el cielo
o los pasos del agua,
que vienen a mi encuentro.

FRANCISCO UMBRAL

La lencería del sueño



Respirar en silencio este despojo, la lencería del sueño, lo que de ti me queda, qué hondo trapo, como esconder la música o un oro, el contacto final, el leve esquema mojado sólo de tu alma supurante. Tener entre las manos una tela, el bordado del tiempo, algo tan vano, con menos peso que una idea, pero impregnado y cierto, perfumante, mientras viejos pintores, Botticelli, en tu perfil se afanan, doran hilos.

De qué ateneos de sombra, de qué lejos, de qué extrarradio ciego me llegaste, a qué pálido otoño dan tus senos: quiero decir el tiempo, esta ciudad tan nuestra, todo lo que insistiendo, depurándote, ha perfilado en ti un cabello que es como el argumento de una tarde. Quiero insistir en eso, los recuerdos, los amigos comunes, nombres solos, y saber por qué plazas madrileñas, por qué salas de cobre, por qué patios, nos buscábamos y nos desencontrábamos, hasta que cantó el aire del viaje y en ciudades obscenas trasnochó ya tu voz como las aves. En el perfil antiguo y tan sagrado, una risa de barrio, ese tono trivial, tu burla niña, los deletreados dientes de tu beso y ese dorado en motas que te ha quedado al paso. Por qué red de teléfonos y sangre, por qué sueños, hasta quedar desnuda en mi tristeza.

Digo yo si la tarde o esta ropa, esta tan breve ropa en que te beso, donde tu cuerpo cupo siempre huyendo, y por qué carreteras hacia nada nos llevaba una prisa hacia el fracaso. Luego figuras agrias en el cielo, tus orejas de lámina vivida, y mi boca en tu cuello, abrevándote. A qué otoño, repito, dan tus senos, a qué pálido tiempo de abundancias, y el dibujo incompleto de tu cuerpo, las piernas decididas como diosas, la soledad aguda de los pies. Mira el sol en los libros, mira la negra máscara del mundo, estelas de un viaje que doran esta casa, y reina en el hastío y el perfume que para ti despliego como un día.
Amo lo que en ti suena a niña lista, eso que tienes de puñal cansado, cómo puedes herir, fumar, besarme mientras un odio bello te decora. Y esta ropa tan breve, esta rapiña que perfuma mi sombra, huele a tiempo y me sabe a tu infancia mientras huyes desnuda —si supieran— en tu traje de robo y de tabaco.

sábado, 16 de enero de 2016

Libro: Las ánimas del purgatorio




Así explicaba el propio Umbral en una entrevista del año 1982 que era su nuevo libro: "Las ánimas del purgatorio". Nadie mejor que él para hacer su propia reseña.



“Las ánimas del purgatorio” es la novela de una tuberculosis que yo tuve a los veinte años. Un año, una enfermedad, una cama, una tuberculosis, y parece que no pasa nada, pero pasan muchas cosas. Hay un ritmo, un tempo muy lento, muy minucioso, todo se trata con mucho detalle y mucho primor: hay muy poca acción, pero muy significativa y muy cuidada.

Por este tiempo lento, este libro abre un nuevo ciclo en mi obra, que es una búsqueda de mi juventud y adolescencia. El próximo será sobre mi madre, “El hijo de Greta Garbo”, y también tiene muy poca acción, pero está contado de un modo parecido a éste, que es el libro del que surge en realidad. Creo que la forma de narrarlo es muy musical, que está ordenado como la música, y que ésta es una nueva manera de contar en lo que a mí se refiere.

Entre los personajes los hay vivos y muertos, reales y ficticios. Aparecen tres amigos de infancia, Alejandrito, el niño único; Isidorito, el niño teósofo y sabio, y Federico, el artista. Las mujeres son, las vivas y las muertas, metáforas de la madre, que es la gran ausencia, el vacío, el hueco de la madre, a su vez ausente enferma en un sanatorio. 

Estoy recuperando esta época con placer personal. Yo quería contar aquella tuberculosis que fue tan importante para mí no sólo para la salud, sino también para tantas cosas, porque fue a una edad tan especial, esa edad en que todo cambia. 

Estoy entre la crónica y la memoria. Puedo hacer en un momento crónica del presente y en otro remitirme al pasado remoto, al pasado de mi propia vida. Paso de la prosa nerviosa, informativa, metida en la tensión del presente, a otra guiada por la lentitud, la morosidad, el deleite en el tiempo o en la ausencia del tiempo. Y a mí me gusta cuidar esos dos extremos: la máxima lentitud y el máximo nerviosismo.

Libro: Días felices en Argüelles



Umbral había hablado del título de este libro antes de publicarlo y parece que iba a ser una novela sobre Madrid y el tardofranquismo, sin embargo aquel proyecto lo olvidó y utilizó el título para una especie de "memorias periodísticas" con muchos nombres propios y algunos amores diurnos. Únicamente destacaría el capítulo dedicado a "Mortal y rosa", donde define el libro como "una anti-novela sobre los itinerarios de la nada".



Aquí os dejo este capítulo íntimo y sincero del Umbral más lírico, enloquecido por un dolor innombrable y absurdo.


FRANCISCO UMBRAL
"Días felices en Argüelles" (2005)

MORTAL Y ROSA
     
No sé ahora quién fue primero, si el niño o el libro. Quiero decir que un niño entrañable o un libro entrañable se instalan en nuestra vida con naturalidad y silencio. Vienen desde siempre y van más allá de nuestro siempre. Uno se encuentra metido en faena, metido en niño, metido en libro sin saber bien cómo ni cuándo. Hay cosas que enriquecen la vida, como un libro o un niño. Los escritores sabemos bien que no es un tópico eso de haber parido un libro o haber escrito un niño. Lo que no comprende uno es cómo su propia vida ha podido llegar hasta aquí sin libro, sin niño, sin   algo.  

A lo que más se parece este dulce intrusismo de las cosas es al amor, claro. El amor no necesita decir su nombre porque ya sabemos que es el amor. Una dimensión enriquecedora de nuestra vida de la que no se sabe, ya digo, cómo habíamos podido prescindir hasta el momento en que aparece.  Yo estaba sentado a mi máquina con toda naturalidad escribiendo de un niño real que primero había sido un niño literario. El niño había traído consigo a la madre como un gato trae otro si nos hemos portado bien con él.  

A la madre, sí, la trae el niño, el hijo, y no a la inversa. La madre no tiene cualidad de madre hasta que no se la da el hijo. Éstas son reflexiones que hago ahora sobre mi libro, pero creo más o  menos que la cosa fue así. Tampoco sé cómo empecé a escribir el libro, Mortal y rosa, y cómo Pedro Salinas, el único 27 con el que no me había comunicado nunca, me hizo llegar esos dos   versos luminosos y absolutamente certeros, de los que a mi vez pude sacar el título del libro. Sólo recuerdo que escribía sonámbulo, por las noches, con mucho valium, a solas en la casa. Una traductora del libro al francés me dice que la frase que más le impresionó fue ésta: «Estoy oyendo crecer a mi hijo.» Estaba oyendo crecer a un niño, al mundo, a la noche, a esa cosa maternal que tiene la luna cuando se queda preñada. El libro iba creciendo mientras lo demás iba muriendo. El  libro ocurre en una casa, en un hospital, en una playa y poco más.     

Por el libro pasan los tucanes y todas esas aves acuáticas de las que dijo Quevedo, por el exceso de su pico, todo tú eres cuento de niños. Por el libro pasan los montones de fruta como incendios de fuego azul, los niños aplastados por una camioneta, los parques alegres con una alegría un poco cementerial, los caballos de peluche, que son los que más corren, y los señores austeros, de bata  blanca, que calculan con una varita en la mano la duración del día, la duración de una vida. Por el libro paso yo, desesperado o dormido de valium y cansancio, por el libro pasa la madre, pasa una   madre, pasan todas las madres en vela, por una razón o por otra, y todas son madres del niño que se   duerme en una mecedora. Yo soy más madre que todos los padres.     

Cuando recibió el paquete, Vergés, el editor, me dijo «esto sí que había sido un Premio Nadal». Pero el Premio Nadal ya me lo había dado y el hombre no sabía qué darme a cambio de un libro que  le emocionaba tanto. Sin embargo, Mortal y rosa no fue una revelación, un estallido, nada   inmediato, sino que se fue abriendo paso poco a poco y yo esto lo advertía por los conocidos y desconocidos que cruzaban la calle para felicitarme. Las mujeres, directamente, lloraban. De entre los hombres, recuerdo a Carlos Saura como el más conmovido, emocionado y contento con el libro.  «Qué bien, Umbral, que hayas hecho este libro, qué alegría me has dado, qué bien para todos.» En todo entusiasmo personal hay siempre unos elementos diversos que llevan al estado de sinceridad y   comunicación. La primera traducción de Mortal y rosa me la localizó Pitita Ridruejo en una librería de Nueva York. Luego han venido todas las demás traducciones, tesis, estudios, ensayos, cosas. Me  avergüenza todo lo bueno que se dice de este libro porque yo sólo pretendía hacer el diario íntimo   de un niño y sus tucanes.     

Hay unanimidad, esa unanimidad sincera que se da en la vida, pero no en la política, en torno a   un libro mortal y rosa donde dejé rubricada para siempre la muerte y la rosa, la infantil muerte color de rosa.     

Tengo traducciones al holandés de este libro y también a otros idiomas, y lo que me asombra es que la sensibilidad humana sea tan unánime y lo que emociona en Amsterdam pueda emocionar igualmente en París o Madrid. Así pues, es un libro que me permite creer en la unanimidad del bien, aunque en sus páginas se predique con mucha insistencia el mal.  

Por fin la literatura sirve para algo cuando a mí me fascinaba por su inutilidad. Sirve para que las   gentes de cualquier país lean y sientan y vivan y mueran lo mismo que las gentes de otro país. A partir de ahí podríamos entendernos un poco, digo yo, me parece a mí. Mortal y rosa salió en 1975 y su vigencia es creciente. Ayer mismo he recibido otra traducción al francés de manos de una traductora belga. Los hombres se limitan a gestionar la traducción de lo que les gusta, pero las mujeres, además, te comunican o te devuelven todo lo que les ha dado el libro.  

Un crítico literario diría que Mortal y rosa es la antinovela lograda porque cuenta los itinerarios de la nada para resolverse en nada absoluta. Lo dejo para otro día, pero quizá siga escribiendo cosas  sobre Mortal y rosa porque el libro tiene más vida que yo.   

Libro: Un ser de lejanías




"Un ser de lejanías" (2001) es un diario crepuscular de los últimos años y las últimas experiencias del escritor Francisco Umbral. La mirada poética de un señor viejo y cansado, aburrido por la exigente actualidad, tal vez desesperado por sentir una vez más el frío de un largo invierno, que parece definitivo.